Elige tu propia aventura

La pasividad del público ha quedado relegada al baúl de los recuerdos y reemplazada por una audiencia que juega, experimenta y toma partido en las obras. Vuelve la experimentación de la primera mitad del siglo XX. Libros en los que el lector debe elegir hacia dónde guiar al protagonista. Obras de teatro en las que la audiencia se mimetiza con el actor y viceversa. Espectadores que forman parte de la producción y representación de una película en el cine e incluso música que puede ser creada por uno mismo desde cualquier parte del mundo. Las representaciones artísticas -literatura, música y teatro- rescatan, adoptan y resucitan las fórmulas del ayer para convertirlas en las de hoy y, tal vez, en las de mañana. El público se fusiona con la obra de arte.

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“El caos es la partitura en la que está escrita la realidad”. Con estas palabras de Henry Miller se podría describir a la perfección toda la revolución artística producida en el siglo XX. Entendida prácticamente como una contracultura que buscaba despojarse de cualquier condicionamiento estético, muchos fueron los cambios experimentales llevados a cabo en este campo. Recordemos la exploración del concepto de “obra de arte” por Malevich, o la descomposición de la realidad en formas geométricas por los cubistas como Picasso, o la sustracción de la cotidianeidad por Kandinski y, también, la exploración por el tránsito de espacios creativos alejados de la ortodoxia como el surrealismo francés de Magritte.
De entre todos esos cambios hay uno que puede calificarse entre los más significativos del panorama artístico contemporáneo: la implicación cada vez mayor del público o espectador en el proceso de creación y percepción artística en todas sus formas, pictórica, literaria y teatral.

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Así, hoy, prácticamente 50 años después de que Umberto Eco plantease la noción de Obra Abierta (1962), donde se refería a la pluralidad de significados de una obra o creación artística y a la necesidad de la implicación del espectador para dotarla de significado, cuyo máximo exponente sea quizás Rayuela, de Cortázar, nos encontramos ante el florecimiento de todo un cúmulo de obras con un esqueleto común: el público puede decidir tanto el final como el devenir de la historia. El espectador deja de ser mero receptor pasivo de una obra ya concluida y cerrada y pasa a intervenir activamente en ella, ya sea mediante la interpretación, la manipulación o, incluso, formando parte físicamente como uno de sus componentes.

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Sé el protagonista de tu propia historia
En nuestra mente aún perduran las míticas aventuras de los jóvenes de Aventuras de “La mano negra” (1965), aquella pandilla juvenil en la que Félix, con su trompeta; Adela, con su sombrero de Papa Noel; Rollo, con su jersey a rayas; y Kiki, con su inseparable ardilla, se reunían en sus ratos libres en el ‘aeropuerto’, un ático en la calle Canal, número 49, para ayudar a la policía a resolver los casos cuando se presentaba la oportunidad.

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Mientras que en esta ocasión el lector participaba en el desarrollo y avance narrativo de la novela con un final ya preestablecido, en la década de los ochenta apareció Elige tu propia aventura (R.A. Montgomery, 1979), donde, esta vez sí, el lector toma decisiones sobre el transcurso del hilo conductor del relato, y modifica de ese modo el final de la historia (había entre 27 y 29 finales posibles). El prefacio escrito por la Editorial SM del momento era muy sugerente: “Las posibilidades son múltiples; algunas elecciones son sencillas, otras sensatas, unas temerarias… y algunas peligrosas. Eres tú quien debe tomar las decisiones. Puedes leer este libro muchas veces y obtener resultados diferentes. Recuerda que tú decides la aventura, que tú eres la aventura. Si tomas una decisión imprudente, vuelve al principio y empieza de nuevo. No hay opciones acertadas o erróneas, sino muchas elecciones posibles”.

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Desde entonces numerosas fueron las novelas que surgieron bajo esta misma fórmula: Lobo Solitario (JoeDever, 1984), se convirtió en uno de los libros-juego más populares del que se llegaron a vender hasta 9 millones de copias por todo el mundo; Planea tu fuga; Las cavernas de Mornas, editada por TIMUN MAS (Richard Brightfield, 1985) en la que te movías a través de mapas; Tú eres el protagonista; El ojo del dragón (Dave Morris 1986); La Búsqueda del Grial (J.H. Brennan, 1988), con distintos títulos en la colección… un novedoso gancho para el lector de la época.
Y como bien es conocido por el refranero popular eso de que “los clásicos nunca mueren”, muchos son los autores que actualmente han rescatado dicha fórmula para plasmarla en sus novelas, como 99 Reasons Why, de Caroline Smailes y La cápsula del tiempo, de Miqui Otero (Blackie Books), aunque éste último prefiere no hablar de ninguna fórmula, puesto que “cada historia requiere su forma de explicarla”, a lo que añade también: “el lector no es totalmente libre para formular su libro (para eso debería escribirlo él mismo), pero puede elegir mejor su ruta y, de algún modo, definirse en las decisiones, eso sí. Al fin y al cabo, en la vida tampoco puedes decidir siempre hacer lo que quieras, dispones de una paleta de opciones determinadas por tu clase social, tu procedencia y la coyuntura, pero en mi libro las opciones están muy marcadas y responden a cada uno de los relatos que se plantean”. Tal como en la vida misma, en la que las personas nos encontramos con retos, decisiones y distintos caminos, y de algún modo nuestras acciones se hallan determinadas por nuestra coyuntura, experimentar con los personajes de la obra nos hace identificarnos con ellos mismos.

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Teatro
También el teatro se ha subido al tren de la interacción. Recordemos cómo, en tiempos de Shakespeare, el público manifestaba su devoción o desagrado por la obra representada lanzando flores o bien coles, huevos y, en definitiva, cualquier otro elemento que tuviera a mano.
Hoy en día, en lugar de huevos, la audiencia tiene mandos o auriculares a través de los cuales decide cómo y hacia dónde dirigir la historia. Es el caso de la obra Dominio Público, de Roger Bernat, presentada en el Teatro Santiago Mil, en Chile, en donde por primera vez participaron 120 personas. Todo se basa en una interacción entre el público y el director: se entregan unos auriculares a los asistentes que van cumpliendo las directrices que reciben a través de los mismos. De esta forma, el público acaba por revelar su identidad ante las otras personas rompiendo prejuicios y estereotipos.
En otra de sus obras, Pendiente de voto, la audiencia recibe un mando de votación y se le proponen iniciativas de ley con la finalidad de generar un debate creando un pequeño parlamento entre el público. Santiago Trancón, doctor en Filología Hispánica por la UNED, expone en su libro Teoría del Teatro: bases para el análisis de la Obra dramática que “para que se produzca una fructífera conexión empática entre actor/espectador no basta saber que está siendo visto; el actor tiene que aprender a ponerse en el lugar del espectador: adoptar su punto de vista, verse a sí mismo a través de su mirada, saber lo que siente en todo momento el espectador. (…) del mismo modo, el espectador, también ha de saber conectar empáticamente con el actor: captar cómo se está viendo a sí mismo y cuál es su relación con el hecho de ser visto”. Así, como zahorí que anticipa un vaticinio a punto de cumplirse, la relación entre ambos se fusiona produciendo una simbiosis en la que el espectador se vuelve actor y el actor espectador.

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En Barcelona, la compañía La Cubana, fundada en 1980 por Vicky Plana y Jordi Millán, ya utilizó la fórmula del Elige tu propia aventura en sus montajes. Su constante: el juego, la sorpresa, la transgresión de los espacios, unos personajes hiperbólicos e histriónicos y la participación del público que siempre desempeña un papel protagonista.
En Madrid también encontramos ejemplos como la obra Tunning, en la que un adolescente elegido por el público se convierte en el protagonista de la trama o Impromadrid Teatro, una compañía de teatro en la que, tal y como su nombre indica, la improvisación de los actores y la participación del público constituyen la espina dorsal de sus obras. Pero además de un ejemplo evolutivo de cómo el teatro está adoptando distintas formas de representación, la fórmula Elige tu propia aventura se convierte también en un rentable modelo económico: puesto que los finales dependen de la audiencia, son todos distintos y por lo tanto la obra siempre será diferente pese a ser la misma en su esencia. Laura Jou, coach de actores de televisión y teatro opina que las creaciones artísticas “están adaptándose desde la inevitable creatividad con mucha fuerza y tesón” y pronostica que la interacción del público puede seguir dando mucho de sí, ya que nuevas formas como el microteatro, teatro reducido a medida para un grupo de espectadores, pronto empezará a cobrar más y más popularidad.

Un secreto a voces
El cine no se queda atrás. ¿Es utópica la idea de pensar que el espectador de cine puede involucrarse e interactuar con la película hasta llegar a convertirse en uno de sus personajes? Que le pregunten a Fabien Riggall, director creativo de Secret Cinema, que debe ser uno de los mejores vendedores del mundo. En una entrevista para The Telegraph lanzaba la siguiente pregunta: “¿Cómo hacer que 25.000 personas estén dispuestas a pagar por una entrada de cine el módico precio de 60 euros sin ni siquiera saber cuál es la película que van a ver?” La respuesta es ofrecer algo que sumerja al espectador en una experiencia única en la que no sólo ve la película, sino que también forma parte de ella. Es decir, construir el mundo de la película alrededor de la audiencia y confiar después en el boca a boca. Parece sencillo, pero en el equipo de Secret Cinema trabajan más de 50 actores profesionales y 40 técnicos, junto con los miles de espectadores (entre 14.000 y 20.000) que actúan como extras y representan el magma de todo el proceso creativo sin el cual la experiencia no podría llevarse a cabo. Treinta y ocho pantallas de cine y una regla que es la máxima por la que se rige todo su funcionamiento: tell no one –no se lo cuentes a nadie-. Los espectadores van recibiendo pistas semanales en forma de mensajes al móvil y de emails en su correo electrónico o chat privado de Facebook.

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Con la intención de mantener un hilo de misterio y enigma, el público intentará adivinar cuál es la película que irá a ver el día del tan esperado estreno hasta que por fin llega el momento: miles de espectadores participarán en una puesta en escena para la película por la que han pagado sin saber de qué se trataba. Lo importante no es la película en sí, sino la expectación de la audiencia ante su participación en el montaje. En una de las últimas producciones de Secret Cinema, miles de espectadores fueron disfrazados con tules, saris y sedas al más puro estilo de Las mil y una noches siguiendo una procesión de camellos y carrozas que recorrieron todo Alexandra Park hasta llegar al Alexandra Palace de Londres. Una vez allí, se encontraron con mantas repartidas por el suelo, incienso, tés y una treintena de proyectores para ver Lawrence de Arabia.

Harry Ross, productor de esta iniciativa comenta: “Lo importante es la mimetización del público, darle la oportunidad de ser los propios actores de una película. A través de la representación y la puesta en escena, el espectador se siente parte esencial del proceso. Nos dimos cuenta de que el cine tiene que adoptar nuevas formas de persuasión y atracción para la audiencia. Pagar casi 20 libras por sentarse a ver una película que uno mismo puede descargarse de la red o ver en su propia casa con un equipo electrónico home cinema no es comparable a la experiencia de sentirte vivo dentro de una película. De ser parte esencial del pastel”. Ya lo decía Woody Allen “una película de éxito es aquella que consigue llevar a cabo una idea original”.

Experimentando con sonidos
Miqui Otero opina que “categorizar o marcar que todo ha cambiado es tan erróneo como no admitir que hay ciertos cambios en la forma de leer en internet, de ver música en directo. Estos cambios son complementarios y para nada excluyentes”. Y es que si la audiencia quiere seguir jugando a ser dios, músicos como Jorge Drexler o el grupo Arcade Fire te dan la posibilidad de hacerlo. Ambos han creado proyectos similares en los que la interacción con el público es el denominador común. En el caso del cantante y compositor uruguayo Jorge Drexler, una aplicación móvil fue creada para su disco N y con ella se pueden generar distintas versiones basadas en tres de sus principales temas. La banda canadiense Arcade Fire, en cambio, creó un videoclip interactivo para su canción Sprwall II en la que a través de un sensor y con tu cámara web los personajes se mueven al ritmo de tus movimientos. Y si el espectador ya no sólo quiere formar parte de una creación artística sino estar omnipresente en cualquier lugar del mundo mientras lo hace, el magnánimo Google Creative Lab le da la posibilidad de lograrlo. En colaboración con el Museo de la Ciencia de Londres ha creado el Web Lab, una iniciativa mediante la que cualquier usuario a través de internet puede acceder al museo desde cualquier parte del mundo e interactuar con cinco de las instalaciones creadas para la ocasión, entre las que destacan una orquesta universal y un panel que reproduce fotografías en la arena.

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Credits: publiqué una versión de este artículo en Estilos de Vida (ES), suplemento semanal de La Vanguardia

 

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